Ese consejo que te dan, esa frase que escuchas, ese ''nunca cambies''.
Es difícil no cambiar cuando te miras al espejo y algo te resulta extraño. Tus ojos. Esos que han albergado tantas lágrimas últimamente. Qué le han pasado? Antes brillaban incluso en la oscuridad, brillaban aunque las lágrimas los inundaran como a un niño pequeño que juega en la orilla y una ola lo atrapa en su movimiento. Tenían una luz inapagable, continua, como un farol que guía al viajero a una casa hospitalaria. Como un reducto del cielo en la tierra. Como los rayos de sol en abril.
Y al pensar en ello se me hace un nudo en la garganta, esa presión con la que empiezas a pensar ''no, no, no, no, aguanta, no llores.'' No tienes a nadie. Si la realidad es dura, y lo es, tú mismo te protegerás pensando que todo va bien, que a todos les importas, que todos te quieren y son tu amigos.
Pero has llorado demasiado, esa luz, esos rayos de sol, ese reducto se ha borrado. Como unas huellas que desaparecen con la lluvia y dejan muda una historia.
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